Iba atardeciendo, va, mejor dicho.
Las olas parece que entienden, captan
el mensaje de la tierra, de lo que su giro
constante significa, del juego alterno
de oscuridad y luz que ilustra nuestras
escasas vidas, y el faro, juez y parte
de esta noche que nace, sentencia
con su giño un tiempo que se escurre
entre tus dedos, los míos, los de alguien.
Sigue el sol escondiéndose, sin horizonte
porque no se ve, no lo veo, mejor dicho,
desde donde escribo, y eso me inquieta,
y me inquieta porque sin la referencia
de ese horizonte no concibo la noche,
su sentido, la necesidad de noche
que el sueño siente cuando llega la hora,
y esa perplejidad conceptual me abruma,
me hace retirar el cálamo de la hoja,
hace como un derretirse de repente
y sin descanso las palabras que llevo
acumuladas en este fondo albo, inocente
hasta hace nada, una nada, sí, eso es,
eso siento que es este papel de enfrente,
este que recibe una tinta nada simpática.
Y el faro duerme, ya duerme, aunque
no debiera porque la barcada que surca
esa mar de enfrente necesita un referente.
No puede permitírselo aunque lo desea
con toda la fuerza de su luz, debe aguantar
el peso ya plomizo de sus párpados.
Ya duerme, nadie le ve, se esconde,
nada hay sobre la serena faz de esa mar.