A mis hijas, que son mi amor eterno
Hay un amor del que casi nunca hablo,
no porque sea secreto,
sino porque habita en un lugar tan hondo
que las palabras se quedan cortas
cuando intentan nombrarlo.
Es un amor que no llegó con estruendo,
no llamó a la puerta,
no pidió permiso para quedarse.
Llegó en silencio,
envuelto en pañales y en llantos,
llegó con tus primeros pasos,
con tus preguntas infinitas,
con tus miedos y tus sueños.
Y desde entonces,
desde aquel primer instante en que te tuve en mis brazos
y conté cada uno de tus deditos como si fueran milagros,
este amor creció dentro de mí
como crece la luna llena:
sin que nadie lo note,
pero iluminándolo todo.
Tú, hija mía,
tú que llegaste primero,
me enseñaste que el corazón de una madre
no late solo para ella.
Me enseñaste que las noches sin sueño
también tienen su poesía,
que el cansancio puede ser dulce
cuando es por amor.
Tú, que viniste después,
me mostraste que el amor no se divide,
se multiplica.
Que en el corazón de una madre
caben todos los abrazos,
todas las caricias,
todas las miradas cómplices
que el mundo pueda necesitar.
Las dos llegaron
como llega la primavera:
sin avisar,
sin pedir nada,
solo para recordarme
que la vida es más grande
de lo que mis sueños alcanzaban.
Antes de ustedes,
yo caminaba por este mundo
con un mapa incompleto.
Ustedes me enseñaron el camino de regreso
hacia lo esencial:
hacia la paciencia que no sabía que tenía,
hacia la fortaleza que descubrí
cuando las vi crecer,
cuando las vi caer y levantarse,
cuando las vi convertirse
en las mujeres maravillosas que son hoy.
Las he visto reír
y he sentido que el universo entero
se reía conmigo.
Las he visto llorar
y he querido robarle al cielo
todas sus estrellas
para regalarles luz en la tormenta.
Y en cada etapa,
en cada cumpleaños,
en cada logro,
en cada herida,
este amor se ha ido haciendo más profundo,
más sabio,
más inmenso.
Porque el amor de madre
no es un amor que pasa,
no es un amor que termina.
Es un amor que se siembra
en la primera mirada,
en el primer latido compartido,
y luego crece
como crecen los árboles centenarios:
echando raíces tan hondas
que nada ni nadie
puede arrancarlas.
Ustedes no necesitan hacer nada
para merecer este amor.
No necesitan ser perfectas,
no necesitan cumplir expectativas,
no necesitan ser las mejores.
Solo necesitan ser,
solo necesitan existir,
solo necesitan respirar en el mismo mundo que yo
para que este amor
siga latiendo dentro de mí
con la fuerza del primer día.
He visto amores llegar e irse.
He visto promesas que el viento se llevó.
He visto estaciones cambiar
y con ellas cambiar la gente,
los sueños,
los caminos.
Pero este amor,
el que nació con ustedes,
es diferente.
Este amor no depende del tiempo,
no depende de la distancia,
no depende de nada
que no sea ustedes mismas,
ustedes en mi vida,
ustedes en mi corazón.
Aunque un día decidan volar lejos,
aunque el mundo las lleve por caminos que yo no conozca,
aunque la vida las transforme
y yo las mire y apenas reconozca
a esas niñas que una vez cargué en mis brazos...
Sepan que en mí,
siempre,
en algún lugar del corazón,
habrá una habitación cálida
esperándolas.
Un lugar donde siempre serán bienvenidas.
Un lugar donde siempre serán niñas,
donde siempre serán mías,
donde siempre serán amor.
Porque hay amores que empiezan y terminan,
amores que pasan como pasan los ríos,
amores que se llevan el tiempo
y el tiempo se los lleva.
Pero hay otros amores
que nacieron para ser eternos.
Amores que no tienen fecha de caducidad,
que no entienden de distancias,
que no conocen el olvido.
Y el mío,
el amor que les tengo,
es de esos.
De los que trascienden.
De los que sobreviven a todo.
De los que siguen latiendo
incluso cuando yo ya no esté.
Porque mi amor por ustedes
no termina conmigo.
Mi amor por ustedes
se quedará con ustedes
en cada sonrisa que regalen,
en cada abrazo que den,
en cada gesto de ternura
que aprendieron de mí
sin que yo tuviera que enseñarlo.
Mi amor por ustedes
vivirá en ustedes
cuando sean madres,
cuando miren a sus hijas
y comprendan, al fin,
todo lo que yo sentí
sin saber cómo decirlo.
Y entonces,
en ese instante,
en esa mirada nueva,
en ese amor recién nacido,
volveré a estar con ustedes.
Porque el amor de madre
no se va,
no se muere,
no se acaba.
El amor de madre
se queda.
Para siempre.
En el alma.
Hijas mías,
pedazos de mi vida,
razón de mi existir,
no hay amor más grande
que el que nació con ustedes.
No hay amor más puro,
más infinito,
más sagrado.
Y aunque casi nunca hablo de él,
aunque las palabras se me escapan
cuando intento explicarlo,
sepan que este amor
es lo más hermoso que he vivido,
lo más profundo que he sentido,
lo más eterno que llevo dentro.
Gracias por nacer.
Gracias por ser mías.
Gracias por enseñarme,
día tras día,
que el amor más grande
no es el que llega a la vida...
sino el que nace con ellas
y se queda para siempre
en el corazón.
—Luis Barreda/LAB
Tujunga, California, EUA
Mayo, 2024.