Hay silencios que nadie menciona después de una pérdida.
No los de los velorios, ni los de las palabras de consuelo.
Hablo de los silencios que se quedan a vivir contigo.
Desde que mi abuela se fue,
aprendí a sonreír cuando la gente me pregunta cómo estoy.
Aprendí a decir “bien”
como si esa palabra pudiera tapar el hueco.
Nadie habla de lo raro que se siente el mundo después.
De cómo todo sigue igual
mientras por dentro algo se rompió para siempre.
La casa sigue teniendo paredes,
pero ya no tiene su voz.
A veces miro hacia donde ella solía estar
y siento algo extraño en el pecho,
como si mi corazón recordara antes que mi mente.
Pero no digo nada.
Porque el dolor silencioso
también aprende a vestirse de normalidad.
Nadie habla de lo difícil que es llorar en secreto.
De cómo uno aprende a tragar lágrimas
cuando está rodeado de gente.
Yo no soy de los que muestran su tristeza.
Nunca lo fui.
Por eso mi duelo vive escondido,
como una herida debajo de la ropa
que nadie puede ver.
A veces, en la noche,
cuando todo se queda en calma,
la recuerdo.
Y entonces entiendo que perder a alguien
no es solo el día que se va.
Es también cada día después.
Es mirar el mundo
y saber que mi luz ya no está en él
como antes.
Mi abuela era eso para mí:
una luz tranquila,
una de esas que no hacen ruido
pero iluminan toda una vida.
Y aunque sigo caminando,
hablando,
riendo incluso…
hay una parte de mí
que todavía está sentada
en el lugar donde la despedí.
Aprendiendo, poco a poco,
a resistir este duelo
que casi nadie ve
pero que yo llevo
todos los días conmigo.