José Luis Barrientos León

La Sed del Instante

 

¿Poner la sangre en la tierra?

Más bien, fundar el pulso en la arcilla,

donde el corazón, ese tambor ciego,

golpea el parche de la sombra y hace luz.

 

Caminar al sol no es avanzar,

es arder en el centro de un mediodía fijo,

mientras los desiertos de la mente

se pueblan de fantasmas y ceniza.

 

Recalco que estoy vivo,

no por el aire que me habita,

sino porque en medio de tantos muertos,

esos relojes que repiten el vacío,

yo soy la grieta por donde el tiempo escapa.

 

Para decidir, para considerar el mundo,

solo me hace falta el relámpago de tu cuerpo,

el puerto de tus ojos claros.

Ellos son el punto de apoyo,

la fogata que no devora, sino que nombra.

 

Eres la razón que me devuelve mi nombre

cuando el peso de los días se vuelve piedra.

Todos somos islas perdidas,

náufragos de una soledad que no tiene orillas.

Pero al verte, descarto la caída,

analizo el mapa de tus manos

y elijo el modo de ser nosotros.

 

Combinar lo bello y la luz es el milagro:

estar contigo sin que el ángel de la nostalgia

nos robe el presente.

Porque la vida va, río sin cauce ni dueño,

sin pedirnos nada, regalándose en el aire.

Y en este breve parpadeo del universo,

descubro que todo es hermoso

y que la eternidad, curiosamente,

no cuesta nada