Me miro al espejo cada mañana,
como quien comprueba
que sigue aquí.
La sonrisa no tiene misterio,
viene de haber elegido
mirar la luz
cuando también estaban las sombras.
No es un triunfo,
es más bien una costumbre.
Agradezco el día
sin hacer ruido,
cómo se agradecen las cosas
que no necesitan explicarse.
He ido reuniendo pequeños hábitos:
saludar con calma,
cuidar el cuerpo,
leer libros,
escribir para entenderme,
querer a los míos
sin aplazarlo demasiado.
Nada extraordinario.
Solo lo necesario.
Decisiones repetidas
que acaban pareciéndose
a una forma de estar en el mundo.
Salgo a la calle
y todo sigue en su sitio,
pero los detalles,
un gesto, una mirada, una conversación,
parecen contar conmigo.
Entonces comprendo
que la felicidad no es una meta
ni una sonrisa permanente,
sino esa cercanía tranquila,
esa manera de sentir
que la vida, a veces,
deja impregnada en la piel
como una brisa agradable.
José Antonio Artés