Alberto Balderas S.

El oficio de la calma

 

 

I

 

Ya estoy

en un punto displicente de mi vida.

 

No es cansancio

aunque a veces lo parezca,

ni derrota

aunque algunos lo confundan.

 

Es simplemente

ese lugar extraño

al que uno llega

cuando ha discutido demasiado

con el mundo

y también

consigo mismo.

 

Allí donde uno aprende

que muchas batallas

no merecían

ni siquiera el primer disparo.

 

Y entonces

sin anunciarlo a nadie

empieza a ceder.

 

No por debilidad

sino por descanso.

 

 

II

 

Hoy cedo lo que sea

por un poco de calma.

 

Cedo la última palabra

cuando la conversación

ya no busca entender

sino ganar.

 

Cedo la razón

cuando la razón

solo sirve para agrandar distancias.

 

Cedo incluso

ciertas verdades

que antes defendía

como si fueran patrias.

 

Porque con los años

uno descubre algo sencillo:

 

hay verdades

que iluminan

 

y otras

que solamente queman.

 

III

 

Antes

yo creía

que todo debía resolverse.

 

Las discusiones,

los silencios,

los malentendidos,

las despedidas.

 

Quería ordenar el mundo

como quien endereza cuadros

torcidos en una pared.

 

Pero el tiempo

ese profesor silencioso

que nunca levanta la voz

me enseñó otra lección:

 

no todo se arregla.

 

Algunas cosas

solo se aceptan.

 

 

IV

 

Por eso ahora

ya no me inquieta demasiado

si la noche se quiebra

para dar paso al día.

 

Ni si el día

termina derrumbándose

en otra noche.

 

Las auroras

siguen levantándose

con su fuego ignívomo

como si el universo

tuviera una prisa antigua

que nadie sabe explicar.

 

Pero yo

ya no corro detrás del tiempo.

 

Lo dejo pasar.

 

Lo miro.

 

A veces

hasta lo saludo.

 

V

 

Porque la calma

no es silencio absoluto.

 

La calma

tampoco es huir del mundo.

 

La calma

es aprender a caminar

sin que cada piedra

parezca una tragedia.

 

Es respirar profundo

cuando la vida insiste

en complicarse.

 

Es comprender

que algunas tormentas

no se detienen

 

pero uno

sí puede

dejar de pelear con la lluvia.

 

 

VI

 

Así que aquí estoy

 

en este punto

displicente

pero extrañamente sereno

de mi vida.

 

Un lugar donde

ya no necesito demostrar nada

ni convencer a nadie

de mis certezas.

 

Un lugar donde descubro

algo que nunca me dijeron

cuando era joven:

 

la paz

no lle

ga con aplausos

ni con victorias.

 

La paz llega

cuando uno aprende

a soltar.

 

Y entonces

casi sin darse cuenta

 

el corazón

por fin

se sienta.

 

Y descansa.