I
Ya estoy
en un punto displicente de mi vida.
No es cansancio
aunque a veces lo parezca,
ni derrota
aunque algunos lo confundan.
Es simplemente
ese lugar extraño
al que uno llega
cuando ha discutido demasiado
con el mundo
y también
consigo mismo.
Allí donde uno aprende
que muchas batallas
no merecían
ni siquiera el primer disparo.
Y entonces
sin anunciarlo a nadie
empieza a ceder.
No por debilidad
sino por descanso.
II
Hoy cedo lo que sea
por un poco de calma.
Cedo la última palabra
cuando la conversación
ya no busca entender
sino ganar.
Cedo la razón
cuando la razón
solo sirve para agrandar distancias.
Cedo incluso
ciertas verdades
que antes defendía
como si fueran patrias.
Porque con los años
uno descubre algo sencillo:
hay verdades
que iluminan
y otras
que solamente queman.
III
Antes
yo creía
que todo debía resolverse.
Las discusiones,
los silencios,
los malentendidos,
las despedidas.
Quería ordenar el mundo
como quien endereza cuadros
torcidos en una pared.
Pero el tiempo
ese profesor silencioso
que nunca levanta la voz
me enseñó otra lección:
no todo se arregla.
Algunas cosas
solo se aceptan.
IV
Por eso ahora
ya no me inquieta demasiado
si la noche se quiebra
para dar paso al día.
Ni si el día
termina derrumbándose
en otra noche.
Las auroras
siguen levantándose
con su fuego ignívomo
como si el universo
tuviera una prisa antigua
que nadie sabe explicar.
Pero yo
ya no corro detrás del tiempo.
Lo dejo pasar.
Lo miro.
A veces
hasta lo saludo.
V
Porque la calma
no es silencio absoluto.
La calma
tampoco es huir del mundo.
La calma
es aprender a caminar
sin que cada piedra
parezca una tragedia.
Es respirar profundo
cuando la vida insiste
en complicarse.
Es comprender
que algunas tormentas
no se detienen
pero uno
sí puede
dejar de pelear con la lluvia.
VI
Así que aquí estoy
en este punto
displicente
pero extrañamente sereno
de mi vida.
Un lugar donde
ya no necesito demostrar nada
ni convencer a nadie
de mis certezas.
Un lugar donde descubro
algo que nunca me dijeron
cuando era joven:
la paz
no lle
ga con aplausos
ni con victorias.
La paz llega
cuando uno aprende
a soltar.
Y entonces
casi sin darse cuenta
el corazón
por fin
se sienta.
Y descansa.