En un reino sin nombre, sin gloria ni voz,
nació un príncipe extraño que nadie eligió.
Sin trono, sin oro, sin gente a su lado,
pero con un destino que ardía callado.
Caminaba en silencio, con paso perdido,
entre sombras que nunca le habían querido.
Le llamaban “de nada”, sin sangre, sin ley,
pero dentro llevaba el alma de un rey.
No tuvo corona, ni capa, ni honor,
solo un corazón roto latiendo en dolor.
Y en noches tan frías que el mundo dolía,
soñaba con ser lo que nadie creía.
“Soy hijo del vacío”, gritó al despertar,
“pero el vacío también sabe crear.”
Y alzó su mirada, cansada y herida,
jurando darle sentido a su vida.
Los vientos se rieron, la luna dudó,
el mundo le dijo que nunca sería “yo”.
Pero el príncipe, firme, sin miedo al fracaso,
construyó su imperio paso a paso.
De polvo hizo estrellas, de pena valor,
de lágrimas hizo su propio fulgor.
Y aquel que era nada, sin nombre ni historia,
se escribió a sí mismo en fuego y en gloria.
Hoy nadie le llama el príncipe olvidado,
ni el eco vacío de un ser descartado.
Porque aquel que no era… lo fue todo al final:
el príncipe