Escucho en los pasillos de aquella casa vacía las almas que aún vivían y convivían, hablando sobre sus pasados, pensando en revivirlos.
Mientras las almas hablaban, escuchaban y danzaban, entraba en esa casa vacía un niño con mirada llena de alegría. Entraron igual con él los dos imponentes que establecían orden, ley y algo de ellos; autoridad se veía.
Escuchó el niño, pues, las voces, los murmullos, los comentarios de aquellas almas vacías en rechinidos, en golpes de una rama, en el viento; que en ellos la comunicación se oía.
El secreto que se reveló fue ese punto de transmisión: el niño no los veía; las almas, en vez, le sonreían por ver en ese niño el pasado que piensan en revivir.