Tengo la luna cansada esta noche.
Huye del cielo para que otro enamorado,
en otro sitio
despacio
la desprenda de su velo.
Por la persiana rota de mi habitación
se cuela la luz tartamuda de una farola,
allá solitaria en la esquina
cual una ramera
espera de pie a sus ávidas polillas,
y entonces entiendo:
no necesito la luna
para habitar donde dueles.
Hoy,
toco el umbral de mi cuerpo,
esperando esta vez
ya no abras la puerta.