He aquí que el tiempo te alcanza como una marea de sal negra,
y tú, pequeño habitante de las caracolas,
debes soltar los hilos del sueño para tocar la aspereza del mundo.
Ya no eres el dueño de la espuma,
ahora eres el navegante que debe aprender la gramática de la piedra.
Acepta el amor: ese naufragio de pétalos amarillos,
y acepta el desamor, que es un ancla oxidada
mordiéndote el costado en la noche más larga del hombre.
Mira hacia afuera: la humanidad es una red llena de peces mudos,
un mercado de hombres que llevan el invierno en los bolsillos.
Tus juegos son ahora maderas que la corriente se lleva,
y tu piel, que antes era una uva de luz,
se irá convirtiendo en el mapa de una isla fatigada,
con las arrugas del viento y la cicatriz de las olas.
No importa. Crecer es este oficio de remar sin remos,
de encontrar en lo cotidiano , en el pan, en el jabón, en la llave,
la única balsa posible contra la soledad.
Acepta tu rostro que envejece como un acantilado frente al sur,
porque solo el que acepta su invierno
tiene derecho a sentarse en la orilla del próximo día.