Hubo días donde solo hablaba el amor.
Nada era relevante,
todo se concentraba en ella.
y el creía
que aquello era eterno,
cómo se cree todo lo que no se cuestiona.
Después vino la vida.
No la que soñaban,
Sino la que se instala:
ordenada,
previsible,
correcta.
Construyeron un nido seguro
donde nada dolía,
pero tampoco ardía.
Los días empezaron a repetirse
como un péndulo que se balancea
sin sorpresas.
Y sin darse cuenta
dejó de mirarla.
No fue un olvido brusco,
fue algo peor:
una costumbre.
Esa forma discreta
de ir borrando el asombro
Ella seguía allí,
pero ya no era descubrimiento,
ni misterio,
ni urgencia.
Solo certeza.
Y la certeza, a veces,
es la forma más lenta
de la distancia.
Cuando otro la miró
como él la había mirado antes,
no encontró resistencia,
sino una puerta
que estaba entornada.
No fue solo su decisión.
Fue también el silencio de él,
su manera de quedarse,
sin estar del todo.
El amor no murió ese día.
Llevaba tiempo
ahogándose sin hacer ruido.
Como una llama que se apaga
sin que nadie sople.
Y cuando quiso entenderlo,
ya no quedaba nada que salvar.
Solo dos personas
sentadas frente a frente
con una historia entre las manos,
y sin palabras.
Porque a veces
cuando las palabras sobran
es porque ya todo se perdió.
José Antonio Artés