Sufre por ti esa, mi delirante alma.
Remanso de amor era tu presencia.
Hoy, mi ser angustiado pide calma.
Y mi abatida alma llora tu ausencia.
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Ahora, me miro y no me reconozco.
Siempre fui mujer sensata y adusta.
Hoy, al oírme percibo un trato osco.
Se ha atenuado aquella mujer justa.
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Me observo y solo veo una extraña.
Grave es ese fútil desconocimiento.
La cordura se convirtió una maraña.
Tal certeza, solo atrae sufrimientos.
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¡La angustia es inocultable realidad.
En negar lo visible, no hay bondad!