El hombre de la orquidea

Hijos míos

I

 Edgar Alejandro y Ana Camila

Bajo el cielo infinito que el alma asegura,
donde el tiempo nos brinda su abrazo constante,
hoy levanto un santuario de paz y ternura:
el nombre de mis hijos, mi luz por delante.
Hay amores que son la caricia del viento,
otros son el remanso de un breve camino;
mas el amor de un padre es un sacramento:
es dar la propia vida por un bien divino.
Son Edgar Alejandro, alborada de un jueves,
cinco y cuarenta y cinco de un sol matinal;
la aurora bendita que el alma me mueves
con la fuerza del alba, constante y vital.
Y es Ana Camila, la estrella que llueves
un viernes de calma con luz de cristal;
a las siete de la noche con gracia me llenas,
tú encendiste mi mundo con paz celestial.
No busquen razones en leyes de hombres,
pues amar a los hijos es ciencia del cielo;
borran con su risa las sombras y penas,
y son la raíz que sostiene mi vuelo.
Mi paz es un huerto, refugio sagrado,
fortaleza dulce que el alma resalta;
mi valor es diamante por Dios ya tallado,
que ante cualquier reto la fe me levanta.
Ya no son las manos de seda de antaño,
son pasos de triunfo, perfil de honor;
son hoy en mi pecho, alejando el engaño,
capullos perennes de un tiempo mejor.
No existe distancia, ni azar, ni destino,
que logre apartarme de su resplandor;
yo soy el escudo que guarda el camino,
el hombre que vive por y para su amor.
Que sientan los hombres que el alma se ensancha
cuando en los hijos la vida se entrega;
es una esperanza que nunca se mancha,
es la luz del puerto para el que navega.
Reflejo en sus almas el brillo divino,
mi estirpe es mi gloria, mi fe es su porfía...
¡Y en su amor eterno, cual cedro genuino,
yo me mantendré de pie todavía!
II
El Crisol del Sueño Sagrado

Ya no llores, hijo mío, que el desdén se ha terminado,
no hay motivo para el miedo ni lugar para el dolor;
ten la fe de que en tus horas Dios te tiene resguardado,
con la fuerza de Su gracia y la lumbre de Su amor.
Ya no temas a la noche, ni al rigor del quebranto,
que aquí estamos todos juntos, en sagrada hermandad;
para darte nuestro abrigo, para ser tu dulce manto,
y entregarte en cada abrazo nuestra fiel fraternidad.
Hoy Camila se desvela con amor y con anhelo,
con la firme esperanza de mirarte siempre bien;
de verte soberano bajo el palio de este cielo,
habitando en la victoria, en la gloria y en la miel.
Ya no temas, hijo mío, que el sol vuelve a tu ventana,
su brillo es la promesa de un eterno renacer;
y si acaso el frío llega, nuestra luz será la llama
que te brinde los colores de un hermoso amanecer.
Para que duermas, niño, el ocaso ha cedido,
su fuego ya no arde, se ha vuelto una oración;
no hay más luz en este mundo que el rocío vertido,
ni verdad más blanca y pura que mi propio corazón.
El camino ya se calla, el estruendo se retira,
el ruido de la tierra se rinde ante tus pies;
solo el viento nos arrulla, solo el río nos suspira,
y nada existe ahora... sino el padre que tú ves.
Yo no solo te mezo con mi canto constante,
niño de mi alegría, mi fiel y dulce amigo;
es a la Tierra entera, en este mismo instante,
a la que voy durmiendo si te quedas conmigo.
Y en este suave vaivén, donde el alma se ufana,
tu luz y la luz pura que habita en tu hermana,
se funden en un fuego, en un solo crisol...
¡el brillo de mi estirpe, mi luna y mi sol!
Velaré por tu reposo con la calma del que sabe
que el amor es el destino y el único lugar;
en este altar de paz, donde el tiempo se hace suave,
¡yo vivo por la dicha de verte soñar!

III
Oda a mi Estrella Celestial, Ana Camila

Mi niña, mi niña mía... ¡cómo el tiempo ha volado!
Has dejado la infancia para ser la mujer,
el ángel de ternura que camina a mi lado
y el alma que me ayuda de nuevo a nacer.
Gracias por ser la mano que sostiene a tu hermano,
por acompañar a Edgar con bondad sin igual;
por ser ese consuelo, tan puro y tan humano,
que convierte en dulzura cualquier tiempo de sal.
¿Qué más puedo pedirle a la vida y al cielo,
si me han dado una hija que es un don especial?
La que ofrece cuidarme con amor y desvelo
cuando mis pasos duden en el tramo final.
Gracias, confidente, fiel amiga y hermana,
por estar presente en el dolor y el quebranto;
tu amor es la luz que entra por mi ventana
y disipa la sombra con su espíritu santo.
No importa si el mundo me ofrece tristezas,
si tú me regalas tu amor de cristal;
un amor que no sabe de sombras ni quejas,
incondicional, tierno... ¡puro y celestial!
Gracias por ser mi estrella, la que siempre brilla,
la que me devuelve la calma y la paz;
eres el puerto seguro, la mejor orilla,
donde mi alma descansa y no sufre ya más.
Que Dios te bendiga, mi negra querida,
y cuide tus pasos hasta la eternidad;
si un día me falta el aliento y la vida,
recuerda que el cielo es nuestra heredad.
Aunque no esté presente de forma somática,
mi espíritu libre te habrá de encontrar;
estaré en la brisa, de forma sistemática,
en el viento, en la lluvia y en el ancho mar.
Estaré para cuidarte, mi joya preciosa,
en cada susurro que escuche tu honor;
porque eres, Camila, la vida misma en rosa,
¡gracias por ser el ser más puro de mi amor!