Fuiste diseñada con una perfección que trasciende lo terrenal, dotada de unos ojos hermosos que albergan una mirada tan tierna que parece consolar al alma misma. Tus labios, esculpidos con delicadeza, son como el néctar divino, un manantial del cual brota dulzura y miel constante. En un acto de amor infinito, Dios tomó las estrellas del firmamento y las esparció con cuidado sobre tu cuerpo, nombrándolas lunares para que brillaras incluso en la oscuridad.
Posees una piel cuya suavidad emana un calor tan puro que es capaz de derretir el hielo más antiguo. Al caminar, la gracia de tus movimientos sugiere que tus pies no llegan a tocar la tierra firme, pues son tus alas invisibles las que te elevan y te guían. Tu belleza es tal que las mismas rosas sienten celos de tu esplendor, consolidándote como la octava maravilla de este mundo, una obra maestra creada expresamente para ser admirada en toda su magnitud.
Por mi parte, comprendo ahora que mi propósito fundamental fue trazado en el momento de tu creación: fui hecho para vivir perpetuamente enamorado de ti, sin poder declararte este amor que por ti siento. Mi destino es ser el heraldo de tu belleza, aquel que dedica sus días a relatar tu magnificencia, encontrando la plenitud en amarte profundamente en el silencio de mi ser, mientras, simultáneamente, ese sentimiento se desborda y lo grito con orgullo a los cuatro vientos.