Simón, ¡oh mi gran Simón!, si pudieras ver la tierra por la que tanto luchaste y diste la libertad; la que regaron los mártires con su sangre en la guerra, hoy tu nombre es un rechazo y sombra de la verdad.
Cambiaron tu rostro joven, tu caballo y tu regazo, pero el alma de esta tierra no conoce de final; yo soy el Mar Caribe que te envuelve en su abrazo, y soy de todo este mundo la Copa de Cristal.
Soy el Médano de Coro, el desierto más bendito, y la Sierra con el Pico que tu nombre aún sostiene; soy el Monte Roraima, tepuy milenario y mítico, de los ciento quince altares que el suelo patrio mantiene.
¡Maracaibo, Tierra Santa!, con su rayo majestuoso, la Espada del Creador cuidando el jardín de Dios; y el Orinoco que esconde su secreto silencioso, en calles que de diamantes debieron tener la voz.
Amazonas, gran pulmón que por todo el sur camina, y el Llano donde los hombres de Páez fueron forjados; con el coraje indomable que en la sangre se domina, para ver estos caminos por la fe libertados.
Pero también vivimos el sainete y la parodia, de quien se aferra al trono con la fuerza y el engaño; mientras otra, en la sombra, va tejiendo la custodia, mandando entre pasillos y sumando más peldaños.
Hubo un \"mientras tanto\" que se volvió una condena, con reyes de cartón que en la plaza se juraron; promesas de papel que no quitaron la cadena, y entre copas y viajes, al humilde lo olvidaron.
Uno cuida su silla con bigote de arrogancia, la otra mueve los hilos de un palacio en agonía; y en medio del teatro y su absurda circunstancia, el país se desangraba mientras ellos sonreían.
Oh, tierra bendita, bañada por aguas del Caribe, estas cadenas por Dios un día fueron ya rotas; Él es quien tu nuevo rumbo y tu destino describe, mientras mi alma, al nombrarte, de amor siempre se agota.
Que no se apague el coraje de los hijos de esta gloria, que el destino está marcado por la mano del Creador; escribiremos de nuevo nuestra más grande victoria: ¡Ser libres de nuevo, por la fe y por el amor!