Es la hora de guardar el trompo de madera,
ese pequeño planeta que giraba en el centro de tu mano
con la música ciega de la infancia.
Ya no bastan los ríos de leche, ni el aroma del pan
que tu madre ponía sobre el mantel del mediodía;
ahora el aire tiene un sabor a hierro y a distancia,
un sabor a mañana que se rompe entre los dientes.
Acepta, pequeño capitán de barcos de papel,
que el amor vendrá como una ola de trigo,
pero también como una piedra que se hunde en el pecho.
Amarás la luz de unos ojos que luego serán sombra,
y aprenderás que el desamor es una lluvia fría
que no pide permiso para mojar tus muebles.
Mira tus manos: hoy tienen olor a tierra y a juego,
pero mañana cargarán el peso de las herramientas,
la lentitud del cuero, la fatiga de los metales.
El mundo es este mercado de hombres apurados
donde la humanidad, a veces, es un pasillo oscuro,
una multitud de espejos que no reconocen tu nombre.
No temas al invierno que te crecerá en las sienes,
ni a lo cotidiano, que es ese pan duro de cada día.
Acepta el oficio de ser hombre,
porque en el fondo de la vejez, como en el fondo de un cántaro,
todavía guardaras el eco de aquel niño
que una vez, sencillamente, fue dueño de la luz.