La vi por primera vez entre formularios y números, como quien entra a un lugar cualquiera y sale con el pulso distinto.
No fue la oficina, ni la fila, ni la prisa del día.
Fue su luz.
Esa manera suya de estar detrás de un escritorio como si el mundo no pesara, como si cada gesto tuviera algo de amanecer.
Un rostro amable capaz de abrir ventanas en medio de la rutina, capaz de sembrar preguntas donde solo había trámites.
La he visto un par de veces más, lo suficiente para que la imaginación hiciera su oficio, para que el recuerdo se quedara más tiempo del necesario.
Fue un impulso necesario el que me pidió verla, saber algo de ella.
Y ahora ha dicho que sí.
Sí, como una puerta que se entreabre, como una promesa pequeña que todavía no sabe en qué historia quiere convertirse.
Tengo expectativas, no lo niego.
Un temblor leve que no es miedo sino esperanza.
Pienso en el momento, en las palabras que llegarán torpes y luego más sueltas, en la posibilidad de que su luz no fuera un espejismo sino el inicio de algo que apenas empieza a pronunciarse.
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Rafael Blanco López
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