Entre lágrimas y risas,
entre llanto y susurros de dolor,
se va mi vida,
enredada en sus propias alas.
Las personas que amo me rodean,
pero sus cargas pesan en mis brazos
como espinos clavados en la piel.
Amar también cansa
cuando el corazón no sabe
dónde apoyarse.
Mi amiga fiel, la soledad,
camina conmigo en silencio.
A veces sonríe,
me ofrece un consuelo discreto,
una esperanza pequeña
para seguir luchando.
Pero mi cuerpo está cansado,
agobiado por los golpes
de cada mala decisión tomada,
por caminos elegidos a ciegas,
por errores que dejaron huella.
Y aun así, la vida enseña
no grita,
no castiga
susurra.
Me muestra que caer también es parte,
que equivocarse no es el final,
que incluso el cansancio
trae consigo una lección.
Porque la sabiduría no nace del acierto,
sino de levantarse con el alma herida
y seguir caminando
con más conciencia que ayer.
Y aunque hoy duela,
mañana si resisto
seré más humano,
más fuerte,
y un poco más sabio
por haber vivido de verdad.