De un frágil y mortal amor herido,
lloré la falsedad de la promesa;
probé la trágica pasión que cesa,
y el corazón dejé, por siempre, hundido.
Más luego en la penumbra te he sentido,
oh, Muerte fiel, de majestad ilesa;
tu abrazo es una llama que me apresa
y borra de mi pecho el cruel olvido.
No te busco por miedo o cobardía,
ni escapo del puñal que me lastima,
te busco por tu eterna compañía.
Porque tu devoción es noble y prima,
llévame en tu regazo, amada mía,
que sólo en tu sepulcro hay bella cima.