Antes de la palabra
la noche guardaba un temblor de música.
El viento pasó entre las cañas
como un pastor invisible
y las cañas silbaron
con una pena dulce de luna.
Las montañas cerraban los ojos
para oír su propio eco,
y el agua —verde y antigua—
rozaba las piedras
como quien busca un secreto.
Entonces el horizonte
tembló con la garganta de los pájaros
y la mañana abrió su granada de luz
sobre la tierra recién nacida.
Mucho después llegó el hombre.
Traía en las manos
la sombra de los árboles
y en el pecho
un tambor de sangre.
Ahuecó la madera,
tensó los nervios de un ciervo muerto
y cuando golpeó la piel del tambor
la luna inclinó su silencio
y el mundo entero
se quedó escuchando.
Porque la música
no nació del hombre.
Nació del duende oscuro de la tierra
que se levantó una noche
para latir
en nuestras manos.
Y cuando la música calla
queda en el aire
una herida de silencio
donde aún respira
ese primer latido
que jamás se detuvo.
Antonio Portillo Spinola