La Visitante
Ella arribó sin hacer ruido una tarde de octubre, entre la lluvia,
con una maleta antigua y la mirada fija en algún punto del horizonte.
Y desde entonces su presencia se instaló como una enredadera en los muros,
ocupando cada espacio de la casa y cada recoveco de mis pensamientos.
Su voz se convirtió en el único sonido que mi corazón reconocía al despertar.
Su forma de caminar por las habitaciones dejaba un rastro de misterio,
una manera particular de inclinar la cabeza cuando escuchaba mis historias,
y yo me perdía en el gesto de sus manos al servir el té por las mañanas,
en su risa que brotaba como agua fresca entre las piedras del jardín,
y en la certeza de que nada volvería a ser igual después de conocerla.
En las tardes de sol solía sentarse junto a la ventana a leer poemas;
el viento jugaba con las páginas y con los cabellos de su nuca,
y yo fingía leer el periódico para observarla sin que ella notara
cómo la luz del atardecer dibujaba sombras largas sobre su silueta,
cómo el tiempo se detenía en ese instante perfecto de la casa en calma.
Sus silencios eran más elocuentes que cualquier palabra pronunciada,
una forma de ausencia que llenaba los rincones de significado.
En la mesa compartida, sus ojos decían cosas que su boca no decía,
mientras el pan y la sal se convertían en testigos de nuestro pacto,
de aquel acuerdo tácito de permanencia que ninguno se atrevía a romper.
Recuerdo las discusiones sin motivo que terminaban en abrazos largos,
su manera de ocultar el orgullo detrás de una taza de café frío,
y luego la calma que llegaba como un pájaro herido buscando refugio,
sus pies descalzos sobre el piso de madera anunciando la tregua,
el perdón que nunca necesitó ser pronunciado para ser verdadero.
Ella conocía el secreto de los días y su peso sobre los hombros;
sabía que la alegría se construye con pequeños gestos cotidianos,
que el amor verdadero no se anuncia con fuegos artificiales ni promesas,
sino que habita en las cosas simples: compartir la sopa en invierno,
en el acto de cubrir con una manta a quien duerme en el sofá, cansado.
Pasaron los meses y las estaciones sobre nuestra casa compartida,
hasta que un día, sin aviso, recogió sus libros y sus plantas del balcón,
dejando apenas el perfume de su ausencia flotando en la escalera,
la huella de su cuerpo en el colchón como único testigo de los años,
y la certeza de que hay amores que no necesitan final para ser eternos.
—Luis Barreda/LAB
Norfolk, Nebraska, EUA
Diciembre, 2022.