El hombre de la orquidea

Ternura de Madre

​Oh dulce madre, raíz de mi existencia,
tierra sagrada donde mi ser brotó;
hoy Dios me concede, en Su mística esencia,
devolverte el beso que el tiempo guardó.
Fui sangre en tu sangre y carne en tu carne,
el sueño pequeño que tu alma acunó;
y hoy que el destino permite encontrarme,
soy yo quien vigila que no haya un \"adiós\".
​Los rumbos de Dios son senderos perfectos,
nos unen de nuevo en un mismo rincón;
borrando las dudas y los desperfectos,
uniendo en un eco nuestro corazón.
Hoy velo tus sueños, paciente y sereno,
como un día tus ojos cuidaron los míos;
y en este presente, de gratitud lleno,
te alejo las sombras y calmo los fríos.
​Si ayer con tus manos mi pan repartías,
hoy busco que nada te falte a la mesa;
si en noches de fiebre por mí te dolías,
hoy cuido que el mal de tu vida se aleje.
Qué gracia más grande le pido a la vida,
si tengo la dicha de verte a mi lado;
mi madre adorada, mi luz encendida,
el regalo más puro que el cielo me ha dado.
​Gracias por ser el principio y el centro,
por cada desvelo, por tu bendición;
te llevo conmigo, te habito aquí adentro,
en el sagrado altar de mi propia oración.
Vivimos los dos, en un pacto divino,
donde el amor fluye y la fe no se agota;
tú eres la paz que marcó mi camino...
¡la madre que el alma con gloria denota!