La vista no es lo importante, lo siento, y si lo sientes también entenderás a dónde quiero llegar. Lo supe, sí, desde el primer momento en que lo vi por ahí, vagando como alma en pena, los estupefacientes a los que tanto afición tenía le hicieron, al ritmo de una gota incesante horadando una roca, un agujero profundo en su alma. Los médicos lo deshauciaron rápidamente, tan solo con leer sobre sus arrugadas manos el expediente que desde niño guardaban en ese hospital. Su salud pronto se hizo precaria, su mal nacimiento, tres horas de parto cruzado, clavaron en su biografía una sentencia temprana y cruel, y mira que él siempre procuró cuidarse, hacía su deporte en ayunas, le encantaba dedicar un escaso cuarto de hora a dar manotazos al aire cual el mejor Mohamed Alí, y moderaba las ingestas para no incordiar su delicado estómago, sopas ligeras y queso fresco, algún yogur. La vista no es lo importante —le dije la última vez que lo vi—, y me dio la razón, que era más importante lo que sentía por ella, pero era un cobarde en el amor, su mal orgullo le supuso desde el principio una losa archipesada en todas las relaciones que intentó. Fue de madrugada seguramente —digo seguramente porque cuando certificaron su muerte era de mañana, a las ocho o así—, y con las manos cruzadas sobre el abdomen lo vieron los compañeros de piso espantados, nerviosos, sin saber hacía qué puerta tirar, si a la del balcón o a la de salida, y los médicos tardarón lo suyo, el hospital en exceso exigido con tanta urgencia y el cadáver ya exhalando algún tufillo indicativo de putrefacción. Sí, la vista no es lo importante, le dije por última vez.