Me mordí la voz para evitar otro reproche,
para no lanzarte a la cara la verdad que llevo escondida
como una espina clavada en la garganta:
que me duele tu infidencia,
tu ausencia,
tu forma de olvidarme incluso cuando duermo a tu lado.
Me mordí la voz para no decirte que tus besos ya no existen,
que tus manos ya no me buscan,
que tus palabras de cariño se quedaron en algún invierno
que yo sigo recordando
y tú dejaste morir sin pena.
Me mordí la voz y tú ni siquiera lo notaste.
Estás tan acostumbrado a no verme
que ya ni te preguntas si sigo ahí.
Me usas cuando te conviene,
cuando te falta calor,
cuando necesitas que alguien te sostenga
mientras tú te dedicas a mirar hacia cualquier sitio
menos hacia mí.
Invisible.
Eso soy.
Invisible y disponible.
Una sombra que te acompaña,
un cuerpo que te espera,
una mujer que se va apagando
mientras tú ni siquiera te das cuenta
de que ya casi no queda luz.
Me mordí la voz
porque hoy me duele el alma entera,
porque ya no puedo sostener este silencio que pesa como piedra,
esta soledad compartida que me rompe por dentro,
este abandono lento
que me ha ido borrando pedazo a pedazo
hasta dejarme irreconocible incluso para mí.
Me mordí la voz
porque me cansé de ser la mujer que calla,
la que se traga el llanto para no molestarte,
la que se culpa por sentir,
la que se disculpa por existir,
la que se acostumbra a las migajas
como si fueran un banquete.
Me mordí la voz
y casi me ahogo.
No por ti.
Por mí.
Por esta cobardía que confundí con amor,
por esta costumbre de quedarme donde ya no queda nada,
por esta absurda lealtad a quien no sabe verme,
a quien no quiere verme,
a quien no se molesta ni en preguntarse si todavía respiro.
Hoy lo digo sin temblar:
me mordí la voz demasiado tiempo.
Y ya no pienso seguir sangrando por dentro
para que tú vivas tranquilo.
Si tengo que romperme para salir de aquí,
me rompo.
Pero esta vez no pienso quedarme muda.
Xesca Almécija