Sucedió a las doce en punto del medio día.
Considerables años atrás,
una pequeña y descarriada nube amarilla
caminaba parsimoniosa por el desértico cielo.
Sobre lo que sería La Isla de Coche,
bastaron solo diez minutos
para que se espichara entre la calma
aquella densa bolsa de agua sulfurosa.
Fue una mezcla coincidente de energía viva,
un cruce exacto de física, química y meteorología;
un milagro ácido gestándose en lo alto.
Grandes gotas como lanzas descendieron,
perforando sin piedad lo que encontraban:
hojas, piedras, arena,
huesos de la tierra.
El repiqueteo de aquellas fulminantes lágrimas
entonaban una lúgubre marcha
sobre el polvo y la piel de los minerales.
Los cardones y tunas,
heridos por el fuego líquido
se prendían en llamas de repente,
atizados por raros remolinos.
Espirales que se alzaban hacia el zénit,
bailando con la lluvia mercurial;
mezclando lo quemado con lo celestial.
El paisaje íntegro crujía y se retorcía,
mientras la luz amarilla del nubarrón
penetraba en cada grieta de aquel montículo.
Cuando la presencia efímera cesó,
todo quedó sumido en un sosiego silencio;
impregnado de un seco aroma de olvido.
Solo quedó el huraño islote,
flotando en el horizonte,
mudo y calcinado
buscando donde encallar;
con el recuerdo eterno
de aquella descarriada nube
que a las doce en punto
cambió la luz por sed.
15-03-2026
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