JUSTO ALDÚ

MADAM KALALÚ (Primera parte)

Campana queda en el Distrito de Capira, Panamá. Se dice que “pueblo chico, infierno grande”, pero ese no es un dicho español, ni de un país específico, es un dicho universal.

En el parque del pueblo de Campana, bajo un almendro viejo que parecía haber oído todos los chismes del distrito desde la época de los abuelos, se reunían cada tarde cinco mujeres con más tiempo para la lengua que para el tejido.

Entre ellas estaba Clotilde, una mujer madura, de mirada buena y paciencia larga. Llevaba siete años de casada con Jacinto, un hombre trabajador que manejaba un camión de reparto… aunque últimamente el camión parecía tener más kilómetros que carretera.

—Clotilde, mija… —dijo Doña Berta, abanicándose con un periódico—, ¿a qué hora llegó tu marido anoche?

—Como a las diez… —respondió Clotilde, algo incómoda.

Las otras se miraron como gallinas que acaban de descubrir un maíz gordo.

—¿Diez? —repitió Narcisa, abriendo los ojos—. Ay, comadre… eso ya huele a segundo frente. 

—¿Segundo? —intervino Doña Remigia, acomodándose el moño—. Yo digo que mínimo tercero. Porque los hombres cuando empiezan a llegar tarde… es que ya están cogiendo turno. 

Clotilde frunció el ceño.

—No hablen así de Jacinto, que él trabaja mucho.

—¡Sí, trabaja! —rió Narcisa—. Pero no sabemos en cuál casa.

Las carcajadas rodaron por el parque como cocos cuesta abajo.

—Además —añadió Doña Berta con aire misterioso—, dicen que los fines de semana se va a la capital.

 —A comprar repuestos… —dijo Clotilde.

 —¡Ajá! —exclamó Remigia—. Repuestos… pero de cariño.

 Las otras se doblaron de la risa.

 Luego Doña Berta bajó la voz como quien comparte un secreto del más allá.

 —Mira, Clotilde… si tú quieres saber la verdad… ve donde Madam Kalalú.

 El nombre cayó en el aire como una gallina asustada.

 —¿La bruja del cerro? —preguntó Clotilde.

 —La misma —dijo Narcisa—. Esa mujer sabe todo. Una vez le dijo a mi prima que su marido tenía otra… y resultó que tenía dos… y una era la misma prima segunda.

—¿Y vive muy lejos? —preguntó Clotilde, tragando saliva.

—Más allá del cerro, pasando el mango seco… y luego donde el camino se pone feo… más feo todavía.

Clotilde no dijo nada más… pero esa noche casi no durmió.

Al día siguiente juntó unos ahorros escondidos en una lata de galletas y emprendió camino hacia el cerro.

El sendero parecía tener mal humor. Primero se le atravesó un perro que la miró como si sospechara que iba a hacer algo indebido. Luego tropezó con una raíz traicionera.

—¡Ay, Ave María! —gruñó.

Y cuando ya estaba por llegar… ¡plaf!

Se resbaló y cayó de lleno en un charco de lodo.

Quedó sentada como estatua de barro, con la falda convertida en sopa de pantano.

—Bueno… —murmuró—. Si la bruja ve el futuro… que vea también que me caí.

Finalmente llegó a la casucha del cerro.

Era una choza vieja con techo de zinc y una cortina morada que decía:

“Consultas espirituales. No se fía.”

Había cinco personas esperando en unas sillas de madera.

Clotilde se sentó con cuidado.

Al rato se abrió la puerta y apareció Madam Kalalú.

Era una mujer flaca como escoba, con vestido viejo, sombrero de paja enorme y collares de semillas que sonaban como maracas cuando caminaba.

Los ojos le brillaban como si supieran algo que nadie más sabía.

Miró a Clotilde de arriba abajo.

—No mija —dijo con voz grave—. No me cruce las piernas ni los brazos… o no la atiendo.

Clotilde, que ya estaba cruzada como pretzel, se enderezó de golpe.

—Perdón…

Madam Kalalu desapareció otra vez detrás de la cortina.

Pasó casi una hora. 

Un gallo cantó, alguien bostezó y un mosquito organizó una fiesta en la oreja de Clotilde.

 Finalmente la llamaron.

 —¡La embarrada de barro! —gritó una voz.

 Clotilde se levantó.

 Entró al cuarto.

 En el centro había una mesa con una bola de cristal que echaba humo, como si estuviera cocinando secretos.

 Madam Kalalu cerró los ojos dramáticamente y pasó las manos sobre la bola.

 —No me diga nada, mija… —susurró—. Yo no pregunto… yo veo.

 Clotilde abrió la boca, pero volvió a cerrarla.

 —Su marido… —continuó la bruja, moviendo las manos sobre la bola— …tiene no una… sino dos mujeres.

 Clotilde casi se desmaya.

 —¿Dos?

 Madam Kalalu suspiró.

 —Mija… ese hombre no tiene corazón… tiene agenda. Quizá hayan más.

 Clotilde se llevó la mano a la frente.

 —¡Jesús bendito!

 La bruja señaló la falda.

—Levántese un poquito ahí…

 Clotilde levantó la tela llena de lodo.

 Madam Kalalu abrió los ojos con sorpresa.

 —¡Con razón!

 —¿Qué cosa?

 —Con razón, mija. Usted tiene que ponerse panty rojo… al revés… por siete noches seguidas.

 Clotilde parpadeó.

 —¿Al revés?

 —Sí. Sino el hechizo se devuelve y el marido termina enamorándose… del cantinero.

 Clotilde tragó saliva.

 —Y me tiene que traer —continuó la bruja— un recorte del calzoncillo de su marido… con tierra del patio de su casa.

 —¿Con tierra?

 —Para que el espíritu encuentre la dirección donde \"enterrar\" la varita del amor.

 Luego Madam Kalalu entrecerró los ojos.

 —Y dígame… ¿cuánto dinero trajo?

 Clotilde sacó su bolsita.

 La bruja la pesó en la mano como si fuera mango maduro.

 —Bueno… algo se puede hacer.

 Pasó las manos sobre la bola de cristal otra vez.

 —Su marido sale los sábados… dice que va a comprar repuestos… pero en realidad…

De repente se detuvo.

 —Ay…

 Volvió a pasar las manos sobre la bola.

 —Ayyy…

 Se inclinó más.

 —No puede ser…

 Clotilde sintió que el corazón se le subía a la garganta.

 Madam Kalalu abrió los ojos lentamente.

 —Mija…

 Volvió a mirar la bola.

 —Esto sí que no lo había visto nunca…

 

(Continuará…) 😄

 

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