Antes de que el mundo tuviera nombre,
ya latía una música en la oscuridad,
y en el silencio aprendió a latir el viento.
Las montañas guardaban su eco dormido,
el agua tanteaba las piedras
como dedos buscando un acorde,
y el viento aprendió a silbar en las cañas,
primer instrumento del mundo.
Entonces la tierra escuchó su propio pulso,
y los ríos llevaron la melodía
de valle en valle.
Y el horizonte aprendió a temblar
con el primer canto de los pájaros,
en la primera mañana.
Mucho después,
un hombre escuchó ese temblor antiguo
y quiso guardarlo en sus manos.
Y ahuecó la madera, tensó los intestinos de un ciervo,
y cuando las manos golpearon la piel
el mundo entero se detuvo a escucharse.
Y cuando calla,
en el hueco que deja
seguimos oyendo
ese primer latido
que nunca se detuvo.
Antonio Portillo Spinola