La forma en que lo miraba lo decía todo.
No era inocencia,
era intención disfrazada de calma.
Una mirada que sabía exactamente lo que provocaba,
y una sonrisa que no pedía permiso,
solo respuesta.
No buscaba que la entendieran,
solo que la sintieran.
Con el corazón acelerado,
con las manos temblando,
con la certeza de que cruzar esa línea
no era un error,
era destino.
Y ahí estaba…
dejándose ver,
dejándose desear,
sin miedo,
porque cuando una conexión quema así,
ya no hay vuelta atrás.
Solo piel, aliento…
y todo lo que viene después.