La erosión del alma
Olvidarla no es un acto, es una lentísima erosión del alma que ocurre sin permiso: cuando la costumbre aún tropieza con el hueco exacto de su cuerpo en la cama, cuando la mano aún busca a ciegas el calor de su nuca en la almohada fría y el olor a su pelo aún parece habitar las fibras de la ropa que nunca lavo.
Es descubrir que el idioma que aprendimos para nombrar el mundo se queda repentinamente mudo, porque todas las palabras bonitas ya se las di a ella, porque los atardeceres ahora son solo eso —luz naranja sin el asombro compartido— y la música que amamos duele como un cuchillo desafinado que no encuentra su nota.
Su risa no era un sonido, era una patria que me dio cobijo en las tormentas más oscuras. Y ahora el exilio es este silencio eterno donde hasta el más leve murmullo me habla de ella, donde el viento en las hojas imita el rumor de su falda al moverse y la lluvia en el cristal reproduce el mapa de lágrimas que derramó conmigo.
Aprendí a leer el libro de sus gestos con la devoción de un monje ante un texto sagrado. Y ahora que el libro se ha cerrado para siempre, camino por la vida con las páginas en blanco, intentando descifrar en otros rostros lo que solo ella escribía con un simple movimiento de cejas, con ese modo tan suyo de morderse el labio cuando dudaba.
No fue un amor, fue una intoxicación lenta de sus venas en las mías, un traspaso de almas que la razón no puede deshacer por más que intente convencerme de que fue solo un sueño. Porque su forma de estar en el mundo contaminó mi forma de respirar, porque su risa sigue siendo la banda sonora de mis días grises y su llanto, el único poema que sé recitar de memoria.
Y ahora voy por la vida como un fantasma en funciones, ocupando un cuerpo que ya no me pertenece del todo, porque una parte esencial se quedó para siempre en esa habitación donde ella solía desnudarse de prejuicios y entregarme su alma temblorosa, donde el tiempo se detenía para vernos amar sin medida ni cordura.
Olvidarla no es posible, lo sé ahora con la certeza del que ha mirado al abismo. Porque ella no fue una mujer que pasa, fue un territorio que se explora durante toda una vida, fue la certeza de que existe el amor absoluto aunque dure lo que un suspiro. Y me enseñó que hay heridas que no cierran porque en ellas sigue latiendo, intacto y feroz, el corazón del mundo.
—Luis Barreda/LAB
Brick Town, New Jersey, EUA
Noviembre, 2022.