I
Roma despertó entre mármoles y bronce,
con el rumor del Tíber al pasar;
la aurora encendía el foro lentamente
sobre columnas de poder y sal.
César caminaba entre las sombras
de un destino difícil de evitar,
mientras el pueblo gritaba su nombre
como si fuera eterno su mandar.
II
Había cruzado ríos y fronteras,
había domado imperios con su voz;
la Galia aún recordaba su tormenta
y Roma su corona de ambición.
Mas toda gloria guarda en su semilla
la sombra que comienza a germinar;
y el poder que sube como estrella
también conoce el arte de caer.
III
Un día un sabio alzó su voz en la calle
cuando el dictador pasó triunfal:
—Cuídate bien de las Idus de marzo—
dijo el anciano con temblor mortal.
El aire pareció quedarse inmóvil
como si Roma quisiera escuchar,
pero César siguió su marcha firme
sin querer siquiera contestar.
IV
Pasaron días bajo cielos claros,
y el rumor volvió a cruzar la ciudad;
la advertencia crecía entre los hombres
como presagio que no quiere callar.
Mas César, dueño de su propia suerte,
se reía del miedo popular;
—¿Qué puede hacer el tiempo contra Roma?—
dijo con gesto de seguridad.
V
Recordaba el río del Rubicón
cuando el destino quiso desafiar;
allí pronunció su célebre sentencia
que aún resuena en la historia universal:
—La suerte está echada— dijo entonces,
y sus legiones lo vieron cruzar;
desde aquel día el curso de la historia
no volvió jamás a ser igual.
VI
Mas el poder despierta viejos celos
entre quienes desean gobernar;
los senadores guardaban silencio
mientras la envidia aprendía a conspirar.
En los mármoles fríos del Senado
se gestaba un secreto singular:
una daga escondida entre promesas
y una traición dispuesta a despertar.
VII
Llegó por fin la mañana anunciada
que el sabio quiso advertir sin cesar;
las Idus de marzo abrían sus puertas
bajo un cielo que no quiso hablar.
César salió rodeado de su gloria
sin temor alguno al caminar;
los dioses parecían observarlo
desde templos de piedra y eternidad.
VIII
En el camino halló al viejo profeta
que otra vez lo miró pasar;
—Ya han llegado las Idus de marzo—
dijo César con tono de burlar.
Y el sabio respondió con voz tranquila:
—Han llegado, mas no han de terminar—
como si el viento supiera el secreto
que el destino estaba por sellar.
IX
Las puertas del Senado se abrieron
como boca de mármol y poder;
los conspiradores rodearon su figura
con sonrisas difíciles de ver.
Las túnicas ocultaban las dagas
que la historia habría de temer;
Roma respiraba lentamente
sin saber lo que iba a suceder.
X
Entonces el acero habló primero
con el frío lenguaje del puñal;
uno tras otro alzaron sus manos
como si el miedo quisiera atacar.
César miró los rostros conocidos
que el destino quiso revelar;
y entre ellos vio al joven Bruto
que también su brazo quiso alzar.
XI
Roma tembló bajo los golpes
de la traición nacida en el poder;
la toga blanca se volvió escarlata
como si el sol se hubiera roto en él.
César cayó al pie de Pompeyo
bajo el mármol que lo vio vencer;
y el eco de la historia comprendió
que incluso el César debía perecer.
XII
El foro guardó silencio profundo
mientras la sangre comenzó a correr;
las sombras de los templos parecían
inclinarse ante aquel atardecer.
Porque la muerte del gran dictador
no fue solo un hombre que cayó:
fue la grieta abierta en la República
que el tiempo jamás cerró.
XIII
Recordaron entonces la advertencia
que un sabio quiso una vez pronunciar;
Roma entendió demasiado tarde
la verdad que quiso despreciar.
El destino no se burla de los hombres
ni su aviso se puede ignorar;
pues cuando el tiempo pronuncia un nombre
ni los césares pueden escapar.
XIV
Así murmuraban las viejas calles
cuando la noche vino a descansar;
las estatuas guardaban el silencio
de lo que nadie pudo evitar.
La gloria que brilló como relámpago
sobre la historia de la humanidad
terminó entre las sombras del Senado
bajo el signo fatal de marzo ya.
XV
Y aún hoy Roma recuerda aquel momento
cuando el destino quiso declarar
que el poder no vence al paso del tiempo
ni a la voz del antiguo anunciar.
Porque aquel día cayó un imperio
que apenas comenzaba a despertar;
y el nombre de Cayo Julio César
aprendió con la muerte a perdurar.