Noelia Beteta

La silla del vacío

Hay días

en que el alma se me sienta en una esquina

como una silla cansada de ser silla.

 

Nadie lo nota.

 

Los pasos pasan,

las voces pasan,

y yo me quedo —

mueble del mundo —

sosteniendo el peso de nadie.

 

Qué extraño

ser recipiente de los otros.

 

Que sus palabras entren

como pájaros sin casa

y salgan,

dejándome solo

con las plumas del ruido.

 

Y entonces basta un error,

uno pequeño,

tan pequeño como una migaja en la mesa del día,

 

para que todo vuelva.

 

Vuelven los ojos,

vuelven las culpas,

vuelven las manos invisibles

que me aprietan el pecho

como si el corazón fuera

una fruta que no debe existir.

 

Y yo,

que no pedí este cuerpo,

ni esta hora,

ni esta respiración que insiste,

 

me pregunto

si el vacío también se cansa

de ser vacío.

 

Pero no.

 

El vacío

— terco como la noche —

se queda.

 

Y uno aprende

la lenta ciencia de respirar

dentro de una ausencia.