Vuelves, hijo de la argoma y la tormenta,
a este cuerpo de piedra que te nombra.
Aquí donde el aire es memoria y cuentas
de un collar de siglos que el tiempo eslabona.
Bebe otra vez de mí, que no se agota
la leche fría de mis manantiales.
Apoya en mi regazo la derrota
y el mapa de tus besos y tus males.
Duerme. La tarde es cómplice y cobija
con luz de oro tu piel recién nacida.
Yo guardaré el secreto, la sortija
que un día te dio amor y hoy te da herida.
Ella está aquí, en el viento que resigue
la curva de los cerros, en la umbría,
en el olor del tomillo que persigue
tu recuerdo en la luz de este día.
Bajo los robles, donde el mundo acaba
y empieza lo sagrado del desierto,
te espera. Y yo, que soy la tierra brava,
os fundo en un abrazo, por fin cierto.