LA EXCOMUNIÓN DEL ALCANFOR
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Arde, arde el alcanfor,
arde por lo que fuimos.
Arde, arde el alcanfor, por lo que nunca fuimos.
He borrado para siempre los puntos suspensivos cuando invoqué tu nombre en vano.
La última sílaba de mi palabra remendada guardó silencio
y puso admiraciones torcidas, pasos de onomatopeyas raquíticas;
pronuncié un credo a cuentagotas,
con rosario prestado, mirando al cielo con una incredulidad de ojos sellados.
Solo atiné a decir tu nombre mascullado,
para que mis dientes mordieran por fin tu carne inalcanzable.
¡Te llamarás María entre los recuerdos de mi baúl prestado!
Sálvame ahora, oh María, tú la del incienso y las hierbas barajadas,
tú la de las pedrerías desperdigadas
y la de mi alma casi infrahumana.
Me huelen las manos a alcanfor de penitencia,
a ese frío blanco que guardan las viudas en los armarios.
He frotado mi pecho con la penicilina de las dudas,
esperando que el hongo del olvido me salve las heridas de tu huella.
Ponme sobre la frente este paliativo de ceniza y menta;
que el insomnio de los años ha oxidado mis paralelas.
Cura con yodo de estrellas los abismos que abrimos.
Que el vapor de lo que fuimos se rinda ante este pacto,
y que mi alma, aunque marchita, se niegue al descanso final:
– Requiescat in pace anima mea –
Mientras el verso crepite como alcanfor.
Arde, arde el alcanfor, arde por lo que fuimos.
Arde, arde el alcanfor,
por lo que nunca fuimos.
Arde, arde el alcanfor,
que purifique la memoria.
Arde, arde el alcanfor,
mientras respire la historia.
Racsonando Ando / Oscar Arley Noreña Ríos