Y de pronto se encontraron una tarde cualquiera.
Una mirada, una sonrisa, un hola que se quedó por siempre en la memoria.
No hubo ruidos ni escenas memorables, tan solo un instante pequeño en que algo cambió de lugar en su mundo y sin pedir permiso.
Las palabras convirtieron su camino en futuro, y los días se volvieron especiales, aunque las calles aparentes, conservaron su rutina.
Y pasaron los minutos, y las horas, y los días, y los meses, y los años, y la vida.
Sí…
¡La vida!
Pero algo —difícil de nombrar— se quedó respirando en ellos desde aquel día.
Y. Así, como si nada, y a menudo, la magia aparece y preserva esa forma distinta de mirar el tiempo.
Pues se hacen cortos los silencio más largos, y la memoria abre las puertas que ninguno asegura haber cerrado, porque todo está ahí intacto como si los días no hubieran pasado.
Como si una parte del mundo hubiera aprendido desde entonces a quedarse un poco más dentro de ellos.
---------------
Rafael Blanco López
Derechos reservados