Crecí donde la noche no se acaba,
donde el silencio aprende a respirar;
viví como un sendero abandonado
que nadie tuvo prisa por cruzar.
Los días me pasaban como lluvia
que cae sin saber a dónde ir;
yo abría las ventanas de mi pecho
y el viento entraba solo a destruir.
No fue el amor quien hizo este desierto,
ni el paso breve de alguien que partió;
la soledad ya estaba en mis paredes
mucho antes de que el mundo me miró.
Por eso guardo calma en esta noche,
como quien cuida un fuego sin calor;
no porque espere luz en el camino,
sino porque aprendí a vivir sin sol.
Yasuara Ortega