Con el cargo vitalicio de semilla,
hasta el último aliento,
para la transformación
que, por orden natural, corresponda.
Como camaleón
que se adapta a cada terreno
dentro de un laberinto de piedras,
y como camello
que, en medio del desierto,
poco a poco encuentra
su ración de agua.
Entre la semilla,
el camaleón
y el camello,
lo hecho nunca basta.
Y por eso
dos más dos
no siempre son cuatro...
cuando la lógica es incompatible
con la experiencia vital o la belleza.