Allí arriba, en aquella cima, pude al fin contemplar el fruto de mi esfuerzo.
Mientras el cansancio concedía tregua a mi cuerpo,
la mirada se me perdía en la vastedad del mundo:
bosques infinitos sobre montes sin número,
onduladas olas en un mar de verdor.
El aire arremetía con furia,
y mi rostro dolía bajo tan vehemente caricia,
como si el viento quisiera dejar en mí
la marca viva de aquel instante.