Me la encontré una noche al doblar una esquina que, por cierto, no estaba allí la tarde anterior. —Señor, qué susto —susurró ella, aunque el susto se le escapó volando y se quedó pegado al techo como un globo sin dueño.
Caminaba con pasos inseguros, tambaleándose de un lado a otro del angosto pasillo, que parecía encogerse a propósito, como si quisiera convertirse en bufanda. Si no la conociera, habría pensado que venía de bailar con el viento… y que el viento había ganado.
Me acerqué y la observé con la misma delicadeza con la que uno mira una nube que amenaza con convertirse en elefante.
El cabello lo llevaba suelto, enmarañado, color de panocha descolorida, con raíces grisáceas que parecían escribir poesía en Morse. No pedían un tinte: pedían un amanecer nuevo, o al menos un rayo de sol que supiera de peluquería.
Sus labios intentaron sonreír, pero solo lograron una mueca que parecía un pájaro confundido. Abrió la boca varias veces, como si fuera a soltar un verso, pero las palabras se quedaron atascadas en la garganta, jugando al escondite.
Yo, con una desfachatez recién estrenada, me puse a contarle las arrugas. Una, dos, tres… veinticinco, treinta, cincuenta. A la altura de la arruga número ochenta, pensé que quizá estaba leyendo un mapa antiguo, uno de esos que llevan a tesoros que ya no existen.
Sus ojos azules, esos que un día fueron océanos, me miraron con una tristeza tan líquida que casi me mojé. Ya no tenían brillo; parecían dos lunas apagadas que habían perdido el interruptor.
Luego me fijé en sus manos, esas que antes eran firmes y elegantes. Ahora temblaban ligeramente, como si estuvieran ensayando para convertirse en hojas de otoño o en mariposas indecisas.
Y el vestido… ay, el vestido. Un traje de noche rosa palo, aunque más que palo parecía poema sin rima. Dos o tres tallas más grande, arrugado, con la textura de un suspiro mal doblado.
¿Y el calzado? Unas chinelas con pedrería multicolor, brillando como si quisieran contar su propia historia. Probablemente diseñadas por un artesano que soñaba en idiomas desconocidos.
La impresión fue tan grande que, desde aquella noche, camino de puntillas cada vez que paso frente al maldito espejo.