La cena de los despojos
Hoy me sabe a tierra el alma.
Un hambre de siglos,
una sed de padre ausente,
un crujir de vértebras
que preguntan por su sitio.
Señores,
¿quién se ha robado el miércoles?
¿Quién dejó este vacío
sentado a la mesa?
Mi sangre es un perro
que aúlla hacia adentro.
No hay leche.
Solo el calcio de los muertos
moliéndose en la boca
de los que aún respiran.
La costra del pan.
Es la misma costra del recuerdo:
dura, sucia, innegable.
Hoy Dios tiene las manos frías.
Se ha quedado dormido sobre el mapa de todas las heridas,
mientras nosotros,
huérfanos de luz,
nos repartimos la sombra como si fuera abrigo.
Amo lo que se pudre en el rincón del pecho.
Amo el residuo,
la uña quebrada,
el resto de sol pegado a mi camisa de mendigo.
Porque estar vivo es esto:
un error de cálculo
en la aritmética del dolor.
© Nelly Cevallos-Liora