La informalidad toca mi cabeza al escribir.
Tal vez porque sufrí una tormenta ayer, tal vez porque me sacudí en medio del temblor de la noche.
Si una despedida es silenciosa, ¿por qué hablas de ella como si la esperaras en medio del ruido?
Así, como las plantas esperan la crecida a la orilla del río.
¿Por qué esperas lágrimas para advertir una despedida?
Hoy las metáforas no sirven si la tinta te avisa.
Nada es más fiel que tu cabeza avisándote cosas que sí suceden en la vida real.
De esto se trata escribir; de poder dejar una emoción torpe, que te abruma, que te pone feliz, que te destruye.
Yo no tengo una despedida, porque siempre traté de bajar mis manos y no saludar para decir adiós.
Qué pesada seré.
Pero nunca me despedí. Siempre me despidieron.
Como a los niños a los que los ilusionan.
Hoy me pregunto: ¿cuántos años tiene este corazón tan blando?
Tiene una despedida.
Tiene una fuerza que hace que se vea frágil.
Tiene la informalidad que nadie muestra.
Tiene diferencia.
No hay más corazones así.
¿Dónde está Roma?
¿Cuál es la ciudad con la que la confundiste?
Roma se arma, pero la destruyen.
La metáfora la acompaña en una destrucción
donde el arquitecto ya no tiene pensamiento, solo manos atadas.