Marvin Ramirez

La Lápida

Le lloré a una lápida fría,

vertiendo mis lágrimas sobre el mármol

como si buscara el pulso de tu propia piel,

aferrándome al eco de un recuerdo

que se deshace,

incapaz,

entre mis dedos.

 

​Tu memoria es ese fantasma constante

que me ha saqueado el alma,

convirtiendo cada suspiro

en el lamento eterno de lo que nunca volvió a ser.

 

​Han pasado diez años de sombras,

una década de silencios y de tinta

donde escribí mil versos con mi propia sangre,

creyendo —en mi ceguera—

que cada palabra te devolvía la vida.

 

​Me quedé anclado a este sitio,

preso de un temor que me paraliza:

el miedo a dar un paso,

a caminar hacia el mañana,

pensando que el futuro era el lugar

donde te perdería para siempre.

 

​Pero esta mañana, algo se quebró.

Me levanté decidido a partir,

a dejar atrás este cementerio de pensamientos,

pero al intentar moverme,

mis pies se hundieron en la tierra negra.

 

​Fue ahí, en el rayo de una lucidez absoluta,

donde la verdad me golpeó el pecho:

la lápida que tanto he regado con mi llanto

lleva grabado mi nombre.

 

​Entendí, por fin, el engaño de los años:

quien murió hace una década no fuiste tú.

Fui yo.