Te recorro con mis manos
sin mucha prisa,
dándole tiempo al arrepentimiento,
pero abriendo tu deseo
hasta el límite,
hasta el cielo.
Y cuando ya no existe la razón,
te escabulles en mí
y te recorro, pero por dentro,
poco a poco o a caudales,
hasta que la sombra
nos avisa
que se acabó la tarde,
y que hay que llegar
temprano, sola, a casa,
y saludar con un beso.