DOS ROSAS
—No me mires con desdén —
le dijo la que estaba marchita
a la rosa más bella del rosal.
Yo un día también fui joven
y, así como tú, lucía hermosa;
pero el tiempo no perdona.
¡Si solo queriendo se pudiera
vivir sin marchitarse jamás,
siempre con belleza y juventud!
Que los pétalos aterciopelados
por siempre tuvieran la virtud
de conservar su color y suavidad.
Lamentablemente no es así.
Otra es la ley de esta vida:
aquí se marchita y se muere.
Nuestra belleza es temporal;
al paso de los días se desvanece
y entonces llega el triste final.
De repente cambió el temporal:
una tormenta de fuerte granizo
arrasó sin compasión ni piedad.
Perdieron los pétalos las dos,
el mismo día la fresca y más bella
y la más marchita de aquel rosal.
Elise Beher©®
03/13/2026