Autor: Darío Daniel Lugo
Cuento uno, dos, tres...
y el pulso del mundo se detiene en mi garganta.
No es la muerte, es el umbral;
esa grieta donde el «yo» se vuelve transparente
y la mirada del otro ya no encuentra donde anclar.
Estoy aquí,
pero mi estancia es una resta,
una sustracción de luz en la pupila del tiempo.
¿Cómo nombrar lo que carece de bordes?
Lo innombrable no se comprende, se padece,
se habita como una habitación sin puertas
donde el eco ha olvidado su origen.
Ya no me ves.
La historia, esa línea vana que nos prometieron,
se desvanece en un goteo lento de sombras.
Aquí adentro el reloj es una piedra muerta
y la oscuridad no es falta de luz,
es la presencia absoluta de lo que no puede ser dicho.
El silencio ha tomado el mando.
Las palabras se rinden, caen como hojas secas
en el abismo de lo que ya no tiene nombre.
Soy el fantasma de mi propia lógica,
un testigo mudo en el centro de la nada,
donde el tiempo se detuvo
y el vacío, por fin, gobierna.