Adrian Alfaro

En la noche en que las estrellas salen...

Las despedidas no son escenas dramáticas.
No siempre hay llanto, ni palabras finales, ni promesas que se rompen.

La mayoría de las despedidas son silenciosas.

Empiezan cuando algo se enfría…
cuando las palabras ya no encuentran dónde quedarse,
cuando las miradas pasan de largo
como si el otro fuera parte del paisaje.

Y uno lo siente.
No de golpe, sino como se siente el invierno:
primero en el aire,
después en los huesos.

Hay un momento exacto en el que todo empieza a morir.
Pero casi nadie lo ve.
Seguimos hablando, seguimos riendo, seguimos tocándonos…
como si no supiéramos que lo que estamos viviendo
ya es un recuerdo en proceso.

Las despedidas verdaderas son así:
lentas, frías, inevitables.

No llegan para romper algo.
Llegan cuando lo que había dentro
ya se rompió hace tiempo.

Y entonces queda ese silencio extraño entre dos personas
que alguna vez se conocieron demasiado.

Un silencio pesado.
Incómodo.
Triste.

Como si ambos supieran que están viendo los últimos restos
de algo que ya no existe.

Porque esa es la parte más cruel de las despedidas:
no te arrancan a alguien de golpe…

te obligan a verlo desaparecer
poco a poco.

Hasta que un día
ya no queda nada.

Ni la costumbre.
Ni el cariño.
Ni la necesidad de quedarse.

Solo queda una especie de vacío tranquilo…
una ausencia que ya no grita.

Y es ahí cuando entiendes algo terrible:

que algunas personas no se van de tu vida.

Simplemente
dejan de estar.