He recorrido, inmerso en los sueños,
el borde indefinido de tu voz.
No recuerdo la cumbre del monte
en el que nos vimos hace tanto tiempo.
La salvia humilde apenas crecía
entre piedras y abrojos del secanal
absorbiendo el aroma del tiempo
y el color de la paciente esperanza.
Aún vibra la indescriptible emoción
de la palabra que pusiste en el altar,
cálido y limpio, de la verdad.
No te veré
¡nunca más!.
La noche difuminó el desconcierto
cuando las estrellas diferían su presencia.
Entendí que en esta vida.
Pacientemente espero la otra.
Allí entenderé, sumido
en el espíritu del conocimiento,
la razón del bien
y del mal.