Quien construye su propio paraíso,
libre de sombras y de tramas invisibles,
encuentra aquello
que otros no alcanzan a ver.
Quien lo siembra,
lo cuida
y lo hace florecer,
se vuelve artífice,
escultor silencioso
de su propia montaña…
En sus entrañas
se unen las costuras del alma,
visión y existencia.
En mente, cuerpo y alma, en su andanza y ser, entre su propia cordura y silencio,
termina por hallar
su porqué
y su para qué…
Artífice y constructor,
en lo alto de la montaña,
de su propio paraíso.