La vida se va estructurando día a día, poco a poco. Sin embargo, existen vivencias ante las cuales el ser humano no tiene un método para desviarse o evitarlas: el hecho de nacer, los sucesos determinados por decisiones de otros individuos o incluso por la propia naturaleza; como el morir, ir diluyéndose o simplemente desconocer en qué momento dejamos de ser conscientes de que estamos aquí, de que somos parte de algo y, a la vez, complemento de otros. Una pieza importante dentro de un colectivo.
Me suspendo. He de suponer que es cuando más aprendo, justamente cuando callo eternamente, o eso es lo que suponemos. Pero mientras tanto… mientras permanezco, no queda sino mirar hacia adelante: educarse y edificarse no desde lo ocurrido, sino desde lo que habrá de acontecer; reestructurar el pavimento ya pisado.
Y en medio de todo, dentro de este conjunto de destrucción, reconstrucción y transformación, aparece el artista: aquel que se detuvo para convertir todo en algo hermosamente simplificado, para narrar un suceso y así inmortalizarlo, de manera humana y carismática.
Es entonces cuando notamos que en la permanencia —solo en la permanencia— nos encontramos: a través de la pintura, del método didáctico del dibujo, de aquello que dio forma visible a lo vivido y convirtió en imagen lo que alguna vez se sintió; lo que en cualquier o bajo cualquier circunstancia expulsó e hizo del hombre algo distinto de lo que fue en el pasado.
Que el tiempo transcurra y edifique no significa que anule lo que aconteció ayer. Pero tampoco me obliga a vivir en el antier. Puedo, sin embargo, volver a mirarlo para comprender de qué soy capaz y hasta dónde llega mi límite; humanamente, mi arte.
Porque, al final, es sin duda el artista el propio arte.