Ella se preguntó por qué él había buscado confundirla a propósito.
Por qué había sembrado dudas justo en los lugares donde ella intentaba esquivarlas.
Su cabeza solo buscaba paz, pero esa tarde él la había hecho temblar.
Temblar de miedo… en plena siesta.
Y eso era raro.
Porque él sabía que ella era medio boluda para algunas cosas, y que si veía algo de terror a esa hora ni siquiera se asustaba.
Pero ese día fue distinto.
A las 14:10, ella sintió miedo.
Entonces se preguntó algo más...
por qué él estaba buscando sabotearse.
Porque la ilusión y la confusión -pensó ella- muchas veces se las generaba uno mismo.
Y eso era justamente lo que ella estaba intentando evitar en ese momento.
No entendía por qué él había decidido taparle la luz con un dedo cuando ella solo quería broncearse bajo un sol de 50 grados.
Ese día, sus letras intentaron entrar en luto, su corazón parecía detenerse y su confianza terminó hundida en un balde de agua con hielos.
Y lo peor fue entender algo tarde.
Que habían sido incapaces de escucharse antes que a sus propios miedos.
Porque, lamentablemente, a él lo estaba ganando algo.
O alguien.
Pero no era otra persona.
Era algo más silencioso.
Algo que siempre lo había seguido.
Su propia sombra.