La creación de la mujer
Cuando el mundo amanecía en su primera luz,
y el barro aún guardaba la huella de la cruz
de los dedos divinos sobre la piel del ser,
Dios se encontró vacío, sin nada que ofrecer.
Había puesto en el hombre su arsenal completo:
la fuerza de la roca, el vigor del esqueleto,
la firmeza del roble, la pasión del volcán,
y al mirar sus manos, no hallaba más afán.
Entonces su mirada recorrió el universo,
y de cada criatura tomó un trozo disperso:
de la luna redonda, su curva de paciencia,
de las olas del mar, su grácil descendencia;
de la enredadera dócil, su abrazo sin violencia,
del temblor de las hojas, su frágil transparencia.
Tomó la esbeltez suave de la palma en el viento,
el tinte delicado de las flores en su elemento,
la mirada amorosa del ciervo en el paisaje,
la risa de la aurora en su dorado viaje.
Tomó gotas de llanto de nubes pasajeras,
la inconstancia del viento en las primaveras,
la fidelidad del perro, la timidez de la tórtola,
la vanidad del pavo real con su cola de ópalo.
Tomó la suave pluma del cisne en la laguna,
la dureza del diamante que solo raya la luna,
la dulzura profunda de la paloma en vuelo,
la crueldad del tigre bajo el mismo cielo.
Tomó el ardor del fuego y la frialdad de la nieve,
y mezcló en su caldero lo amargo con lo leve.
Así formó a la mujer, barro de luz y sombra,
y la puso en el mundo que su esencia deslumbra.
El hombre la miró con ojos de hechizado,
y sintió que su pecho ya no era su costado.
Mas pasaron los días, siete apenas contados,
y el hombre llegó triste, los ojos apagados:
“Señor, esa criatura que me diste por compañía
me pide toda el alma, me roba la energía.
No me deja solo, charla sin cesar,
llora sin motivo, me hace suspirar.
Parece que disfruta cuando me ve sufrir,
no puedo más con ella, la vengo a devolver”.
Dios tomó a la mujer, callado y complaciente,
y el hombre se fue solo, con el alma ausente.
Pasó otra semana de silencio y de calma,
y el hombre volvió humilde, con lágrimas en el alma:
“Señor, me encuentro solo desde que no está ella,
su risa era una fuente, su voz una estrella.
Ella cantaba y jugaba a mi lado siempre,
me miraba con ternura y todo era presente.
Su mirada era caricia que me envolvía el ser,
su risa era la música que me hacía renacer.
Era hermosa a la vista, suave como el rocío,
me cuidaba y protegía en el desvarío.
Me daba comprensión, dulzura sin medida,
amor sin condiciones, ternura que da vida.
Devuélvemela, Padre, porque sin ella muero,
sin su amor en mis brazos, el mundo es un agüero”.
Dios sonrió en la luz, con paciencia infinita:
“Ya veo que ahora entiendes lo que en ella habita.
Aprendiste a valorar sus dones verdaderos,
sus matices de luna, sus sueños mañaneros.
Puedes tenerla de nuevo, fue creada para ti,
pero escúchame bien, no la pierdas así:
cuídala como al fuego que guarda la caverna,
ámala como al árbol que da sombra eterna,
respétala en su esencia, protégela del daño,
porque si la descuidas, vivirás el engaño
de buscarla en la noche, de llamarla en el viento,
y hallarás solo el eco de tu propio lamento”.
Y así el hombre aprendió que la mujer no es barro,
sino constelación, poema, luz y amparo.
Que en ella vive el mundo con toda su belleza,
y también su misterio, su fuerza y su certeza.
Por eso cuando amamos con entrega sincera,
recordamos que Dios, en la primera era,
mezcló los elementos de la creación entera
para que el hombre aprenda, si de verdad la espera,
que la mujer es todo: la paz y la trinchera,
y que sin su presencia, el alma es prisionera.
—Luis Barreda/LAB
Tujunga, California, EUA
Noviembre, 2023.